Los Pampas. Relato de la creación del hombre

En su cosmología creían en un ser supremo, Nguenechen, y a él le rezaban pidiéndole favores en un ritual conocido como Nguillatùn. Los pampas tenían una religión dualista, con un dios del bien y un dios del mal. Llamaban Chachao al dios bueno y lo imaginaban como un viejo con alma de niño. aunque no lo representaban ni le rendían culto

En uno de sus relatos míticos lo presentan aburrido en sus dominios eternos del cielo. Para divertirse bajó por la Vía Láctea (Camino del Cielo) hasta la Tierra donde llovía continuamente y el suelo era puro fango. Chachao empezó a jugar con el barro y a modelar figuras a las cuales les infundió vida mediante su soplo divino. De ese entretenimiento surgieron los animales, y su creador vio que necesitaban un espacio por donde corretear. Sopló de nuevo para frenar la incesante lluvia, luego secó las ciénagas y así dio solidez al suelo pampeano.

Al contemplar su imagen reflejada en un charco se le ocurrió reproducirla en unas estatuillas bípedas, vestidas con las mismas prendas que el dios: chiripá y poncho. Su intención no fue conseguir una imagen perfecta, sino tan sólo una caricatura de la suya, porque le gustaba reírse de sí mismo.

Concentrado en su trabajo, no se dio cuenta de que el ñandú se lanzaba cuesta arriba por la Vía Láctea. Cuando descubrió la osadía del animal, le arrojó sus boleadoras para que no ensuciara el Cielo, y el ñandú, asustado, regresó a la Tierra. Por esto al principio de la Vía Láctea se imprimió la huella de sus tres dedos y el espolón (la Cruz del Sur), y cerca de ella quedaron las boleadoras de Chachao (las estrellas Alfa y Beta de la constelación de Centauro).

Mientras tanto, su hermano Wualichú o, el dios malo, había bajado a la Pampa y aprovechó la distracción de Chachao para soplar las estatuillas que éste había modelado. De inmediato los ridículos muñecos de barro comenzaron a moverse y hablar entre ellos como si fueran deidades de verdad. Espantado, el dios bueno huyó por la Vía Láctea y con su cuchillo cortó el Camino del Cielo para que los horrendos monigotes no pudieran subir. Como castigo por lo que había hecho, dejó a Wualichú en la Tierra. Chachao no volvió a descender a la Pampa y su hermano jamás pudo regresar al Cielo.

Desde entonces Wualichú, que no se perdona su imprudencia, se dedica a destruir a los monigotes (los seres humanos) con la enfermedad, el hambre y la guerra. Lleva adelante su tarea de aniquilación en las noches más oscuras y sin acercarse a los hombres. Porque no tolera verlos.

Aún así seguirá para siempre la lucha de Wualichú con los hombres. Si éstos han sido “buenos”, si han logrado dominar el miedo y la prudencia guió sus acciones, podrán ascender al Cielo una vez perdida su envoltura de barro, pues el camino de las alturas sólo es accesible a las almas. Allí serán estrellas de mayor o menor magnitud según haya sido el brillo de sus buenas acciones. Los otros, los cobardes y mezquinos, volverán al barro originario.

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Pasión por la astronomía
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