Los Muiscas, El Templo del Sol.

Una de las grandes culturas del norte de sudamérica, lo que hoy es Colombia, es la cultura Muisca. De la cual se derivan grandes leyendas y mitos, que embelezaron la imaginación de los españoles a su llegada. Entre ellos el más famoso, el mito del Dorado.

Como muchos pueblos eran grandes observadores del cielo y sus movimientos. Es así como en la localidad de Sogamoso en el departamento de Boyacá, existió uno de esos sitios sagrados que le rendian culto al astro rey.  El término “Sogamoso” proviene del vocablo chibcha “suamox”, que significa “morada del sol”. El lugar fue elegido por Bochica como sede de los sumos sacerdotes y allí se encontraba “El Templo del Sol”, que por su suntuosidad y las riquezas que contenía, era el mayor centro religioso de los muiscas. Desde los Cojines del Zaque, unos montículos tallados al occidente de la ciudad de Tunja al iniciarse el alto de San Lázaro, concurría el zaque en horas de la madrugada junto a sacerdotes para esperar al Sol  con gran veneración, en su salida por el oriente, donde se arrodillaban mirando hacia el templo.

Este esta construido sobre la margen derecha del riachuelo Monquirá, según las crónicas, era un enorme bohío de estructura circular  con techo de paja. Su piso era de esterilla finamente tejida y no tenía ventanas. Sus columnas, en tres filas concéntricas, eran gigantescos guayacanes traídos desde los llanos del Casanare; este árbol tenia gran significado cosmológico por cuanto que varios guayacanes sostenían el mundo antes que Bochica encargara esta tarea a Chibchacum. Por otra parte el Templo representaría el cosmos, los guayacanes las bases y el universo el techo.

Hoy en día existe una réplica, construida sobre lo que se cree fueron sus cimientos. Se cree que había cuatro caminos de acceso al Templo que coincidían con los puntos cardinales y que marcaban el paso del sol; estos caminos eran utilizados unos para acceso y otros de salida exclusivamente; las pequeñas entradas por las que se debía entrar a gatas mostraban el paso del sol. También era una necrópolis, donde reposaban los restos de sus caciques o sumos sacerdotes.

Su destrucción

Cuando Jiménez de Quesada tuvo conocimiento del Templo del Sol, ávidamente llegó en los primeros días de agosto de 1537, luego de someter al cacique Sugamoxi, y asegurar el poblado decidió esperar a la luz del nuevo día para saquearlo.

Pero en horas de la noche, los soldados Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, ansiosos de conocer las riquezas, alumbrados con teas ingresaron. Encontraron a un anciano y silencioso sacerdote que luego sería víctima de las llamas. Adornados con finos ornamentos, estaban colocados sobre barbacoas de finas maderas resinosas los cuerpos momificados de antepasados ilustres. Mientras recogían parte del tesoro, incendiaron accidentalmente el lugar, las llamas tomaron tal fuerza, que no pudieron remediarlo, huyendo con lo apoderado.

El fuego duró mucho tiempo. El cronísta español Juan de Castellanos, cuenta: “El fuego de esta casa fue durable espacio de cinco años, sin que fuese invierno parte para consumirlo; en este tiempo nunca faltó humo en el compás y sitio donde estaba: tanto grosor tenía la cubierta, gordor y corpulencia de los palos sobre que fue la fábrica compuesta”.

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