¿Se caen las estrellas?

unque durante diferentes momentos del año se presenta el fenómeno de la “lluvia de estrellas”, es hacia finales del año cuando se dan las más significativas, por sus referencias historicas y por la cantidad de “estrellas fugaces” observables. Si quiere saber más y ver en que épocas podrá observar mejor este fenómeno, mire la sección de efemérides en la barra del menú.

A veces mientras estamos maravillados con un cielo estrellado en la oscuridad de la noche, de súbito un resplandor nos sorprende y a pesar de durar un par de segundos, nos emociona toda la noche. Hasta pedimos un deseo. Ese destello que cruzo nuestros ojos es lo que llamamos “estrella fugaz”. Un pequeño fragmento del espacio exterior que se desintegra al contacto a gran velocidad con la atmósfera de nuestro planeta. Pequeños restos de cometas y material intelestelar que viaja por el espacio.

Este fenómeno a alimentado la imaginación de la humanidad a lo largo de la historia, el mismo nombre de “estrella fugaz”, a permanecido pensando que son las estrellas las que caen del cielo nocturno. Un fenómeno aún más inquietante son las lluvias de estrellas, noches en las cuales las estrellas fugaces son tantas que simulan una lluvia estelar.

Izquierda:          Grabado de 1799. Lluvia de las Leónidas

 

 

Derecha:        Grabado de la lluvia de las Leonidas de 1833. La mayor hasta ahora registrada, 240.000 meteroros en 6 horas.

En las madrugadas entre el 13 y el 19 de Noviembre de cada año, ocurre la lluvia de estrellas de las Leónidas. Este fenómeno meteórico ha producido los más impresionantes espectáculos celestes en la historia, como lo demuestran los diferentes grabados a través de los años. En la madrugada del 13 de noviembre del año de 1.799, el Barón alemán Alexander von Humboldt, observó Las Leónidas desde la ciudad de Cumaná, junto a su compañero Aimé Bonpland, en el oriente venezolano. El reporte de Humboldt de esta observación comenzó la investigación sobre la periodicidad anual de las lluvias de meteoros. Escribió:

“La noche del 11 al 12 de noviembre era fresca, y de la mayor belleza. A la mañana desde las 2 y media se vieron del lado Este los meteoros luminosos más extraordinaros. El Sr. Bonpland, que se había levantado para gozar del fresco en la galería los percibió primero. Millares de bólidos y de estrellas fugaces se sucedieron durante 4 horas. Era su dirección muy ordenadamente de Norte a Sur, y colmaban una parte del cielo extendida desde el verdadero punto del Este, 30° hacia el Norte y el Sur. En una amplitud de 60° veíanse los meteoros elevándose por encima del horizonte al E.N.E. y al E., trazando arcos más o menos grandes y cayendo hacia el Sur después de haber seguido la dirección del meridiano. Algunos alcanzaban 40° de altura: todos sobrepasaban de 25° a 30°. El viento era muy leve en las bajas regiones de la atmósfera y venía del Este.

Ningún vestigio de nubes se veía. El Sr. Bonpland refiere que desde el comienzo del fenómeno no había en el cielo un espacio igual en extención a tres diámetros de luna que no se viese a cada instante colmado de bólidos y de estrellas fugaces. Los primeros en menor número; pero como los había de diferente magnitud, era imposible fijar el límite entre estas dos clases de fenómenos. Todos estos meteoros dejaban huellas luminosas de 8 a 10 grados de longitud, como ocurre a menudo en las regiones equinocciales. La fosforencia de estas huellas o fajas luminosas duraba de 7 a 8 segundos. Varias estrellas fugaces tenían un núcleo muy distinto, tan grande como el disco de Júpiter, del que salían chispas de un brillo sumamente vivo. Los bólidos parecían quebrarse como por la explosión; pero los más gruesos, de 1° a 1° 15′ de diámetro, desaparecían sin escintilación, dejando detrás de si fajas fosforescentes, cuya anchura excedía de 15 a 20 minutos. La luz de estos meteoros era blanca y no rojiza, lo cual había de atribirse sin duda a la falta de vapores y a la suma transparencia del aire. Por la misma causa en los trópicos las estrellas de primera magnitud muestran al salir una luz sensiblemente más blanca que en Europa.

Casi todos los habitantes de Cumaná fueron testigos de este fenómeno, porque ellos dejaban sus casas antes de las 4 para asistir a la primera misa de la mañana. …..

Desde las cuatro menguó poco a poco el fenómeno; los bólidos y estrellas fugaces fueron más raros, aunque se distinguían todavía algunos hacia el Noreste, por su fulgor blanquecino y la rapidez de su movimiento, un cuarto de hora después de la salida del sol.”

Alejandro de Humboldt, Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente. Libro IV. Capítulo X.
Traducción de Lisandro Alvarado.
Monte Ávila Editores, 2a edición, 1991. Tomo II.

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